Hoy me he dado un buen baño de nostalgia. Anoche tomé el automóvil y esta mañana temprano lo dejaba en las afueras, cerca de la boca del metro que me ha llevado hasta Diego de León.

He pasado por la Asociación de la Prensa de Madrid, donde han sido tan amables de recordarme que en Septiembre llevo inscrito allí 25 años. Me han hundido. ¿Me imaginan con 25 años menos? Entonces, las chicas no miraban a través de mí como si fuera de cristal.

Humillado me ha reconfortado ver enfrente el Milford y pensar que allí hay loros y cacatúas mucho peores que yo. Más animado me he metido a pegar la hebra a Diana Cazadora donde compraba las chaquetas de lana cocida austríacas y reparaba mis escopetas. El dependiente, me ha dicho que ya son pocos quienes usan prendas austríacas.

-D. Alfredo, "desde que usted dejó de cazar" (coño, fue en el 87, no en la Edad de Piedra), han salido nuevos tejidos, nuevos materiales y ya nadie quiere las chaquetas austríacas.

Después de este nuevo jarro de agua fría, me largo a Serrano y me compro unas trufas en Santa, antes de meterme al Corte Inglés, esquina con Ayala, para controlar. Siempre he presentado allí mis novelas. Cuatro ya. Y la quinta esperando para salir.

Parado en Claudio Coello, esquina con Ayala, miro mi vieja casa donde tuve comechado durante meses a Alfredo Bryce Echenique. Paseo por el mercado y saludo al pescatero y al frutero. Hecho de menos el Roma donde me localizaron cuando gané el Premio Nacional de Periodismo. Era 1984, joder.

Muerto de la nostalgia paso por Denis, donde tienen los más bonitos calcetines de rombos y las corbatas más bilbaínas de Madrid. Me acerco a Loewe para cambiar un regalo navideño de un amigo y me lo encuentro lleno de rusos comprando como desequilibrados. Me gustaba más cuando arrasaban los japos. Puafffffff.........


He vuelto al coche, salí de Madrid y estoy en un bar de carretera escribiéndoles desde mi vieja laptop.