En su voz aprecié ternura y una difuminada evocación que me emocionó. Preguntó si podía pasarse por la presentación para presumir de hija y darme un abrazo. Se lo rogué, resumimos nuestras vidas en unos minutos y nos despedimos. Hacía cuarenta años que no nos veíamos. Su abrazo, en Madrid, me supo a vida.
Otra mujer que fue importante para mí ha reaparecido treinta años después. Ha enviado un correo tildando mi blog de estulto y mis entradas de memeces. Y todo, sin decir ni buenos días. Por si era una confusión respondí preguntando: ¿Eres aquella persona amable que conocí?
Sí, lo era. Aquella que recordaba. Otro gran amor. Escribe para espetarme que no reconoce en mí aquel amable progre que ahora recuerda a Pedro Jota. Lástima, añade finalmente.
Lo siento, hubiera sido muy grato saber de ti y contarte de mí. ¡Qué ocasión perdida! Una pena, amiga. Te deseo lo mejor y gracias por tu crítica. 
en mi triste destierro lloro a solas conmigo,
y agita al sordo cielo mi grito vano y fuerte,
y, volviendo a mirarme, mi destino maldigo,
y sueño ser otro más rico en esperanza,
tener su mismo aspecto, gozar sus compañías,
y envidio el arte de éste, del otro la pujanza,
hastiado de aquello que me daba alegrías,
si en estos pensamientos mi desprecio me espanta,
pienso en ti felizmente, y entonces mi consuelo,
como una alondra a orillas del día se levanta
del mundo oscuro, y canta a las puertas del cielo.
Tal riqueza me ofreces, dulce amor recordado,
que desdeño cambiar con los reyes mi estado.

