...Los hubo valientes, honrados, leales y dignos. También rufianes, aventureros, asesinos y locos...

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martes, 25 de mayo de 2010

Dios mío, soy demasiado viejo para tan tremenda melancolía

Unos días antes de presentar mi novela Balas de Carmín en Madrid recibí una llamada. Era mi gran amor de Paris. Leía mis libros, escribió a mi editor y consiguió mi teléfono.

En su voz aprecié ternura y una difuminada evocación que me emocionó. Preguntó si podía pasarse por la presentación para presumir de hija y darme un abrazo. Se lo rogué, resumimos nuestras vidas en unos minutos y nos despedimos. Hacía cuarenta años que no nos veíamos. Su abrazo, en Madrid, me supo a vida.

Otra mujer que fue importante para mí ha reaparecido treinta años después. Ha enviado un correo tildando mi blog de estulto y mis entradas de memeces. Y todo, sin decir ni buenos días. Por si era una confusión respondí preguntando: ¿Eres aquella persona amable que conocí?

Sí, lo era. Aquella que recordaba. Otro gran amor. Escribe para espetarme que no reconoce en mí aquel amable progre que ahora recuerda a Pedro Jota. Lástima, añade finalmente.

Lo siento, hubiera sido muy grato saber de ti y contarte de mí. ¡Qué ocasión perdida! Una pena, amiga. Te deseo lo mejor y gracias por tu crítica.

Soneto 29

William Shakespeare

Cuando, infeliz, postrado por el hombre y la suerte,
en mi triste destierro lloro a solas conmigo,
y agita al sordo cielo mi grito vano y fuerte,
y, volviendo a mirarme, mi destino maldigo,
y sueño ser otro más rico en esperanza,
tener su mismo aspecto, gozar sus compañías,
y envidio el arte de éste, del otro la pujanza,
hastiado de aquello que me daba alegrías,
si en estos pensamientos mi desprecio me espanta,
pienso en ti felizmente, y entonces mi consuelo,
como una alondra a orillas del día se levanta
del mundo oscuro, y canta a las puertas del cielo.
Tal riqueza me ofreces, dulce amor recordado,
que desdeño cambiar con los reyes mi estado.
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