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martes, 30 de marzo de 2010

Miércoles Santo en Graná, Dª Nazaríes, mantilla, lágrimas y Alhambra

Dedicado a D. García Francés, que siempre abre las puertas de su casa a mis escritos. Gracias y, por favor, no se olvide usted nunca de su mitad andaluza.

Soy Dª Nazaríes, su amiga granaína de vosotros ustedes. Camarera de la Hermandad del Santísimo Cristo del Consuelo, el Cristo de los Gitanos y que, como cada año en Semana Santa, desde dondequiera que esté, vuelvo para acompañar a mi Señor por las calles de Granada.

Guapa, elegante y española, con mantilla, peineta, luto, tacones y rosario de pétalos de rosas en las manos, voy detrás de María Santísima del Sacromonte, la Virgen más gitana. Emocionada, como volando, el Miércoles Santo vivo una de mis noches extraordinarias.

A las cinco y media de la tarde, mi Cristo sale del Sagrado Corazón entre vivas, pétalos de rosas y aplausos de miles de los granadinos que ven asomar la talla más hermosa de Jesús con sus dos clavos en manos y pies, como los cristos barrocos, copiada del original de José de Risueño en 1695.

La estación de penitencia se hace en las principales calles de Granada, Gran Vía, Reyes Católicos, calle Mesones, Plaza del Carmen. Mi ciudad se colorea con los morados, rojos y dorados de los numerosísimos nazarenos que acompañan la procesión. Para entonces, ya me he tenido que secar más de una lagrimita y el corazón me salta en el pecho.

El olor del incienso y la cera se va mezclando con el de la primavera que baja de la Alhambra. Aromas de jazmín, de azahar, de magnolio, y el soplo de frescura que me asalta desde la Sierra Nevada, envolviendo en fragancias la tarde-noche del Miércoles Santo. Estoy embriagada con los mejores olores del mundo. Los de mi tierra, mi gente, mi religión y mi cultura.

La agitación aumenta cuando nos acercamos a uno de los momentos más intensos del recorrido. Mi Cristo tiene que volver a su encierro en la Abadía del Sacromonte, el barrio de las zambras y el duende, donde los gitanos viven en cuevas y donde ya están encendidas las hogueras y fogatas para recibir a su Cristo y a la Virgen.

En el Paseo de los Tristes sube la emoción por la estrechez de sus calle y desde donde la Alhambra, en la colina, inclina la Torre de la Vela para mostrar su respeto a nuestro Señor. Un crío, desorientado por la emoción, por poco no me pega fuego a la mantilla con su hachón. Le sonrío con mis labios rojos. Estoy feliz. Hoy nada importa.

Ahora comienza la dura subida al Sacromonte por la Cuesta del Chapíz y por las siete cuestas restantes que faltan para llegar al barrio de los gitanos. Los costaleros unen todas sus fuerzas por lo difícil del recorrido, calles empinadísimas y estrechas. Atienden las órdenes del Hermano Mayor. Se mecen los pasos. Andalucía. Mi Granada.

De pronto se escucha un cante ronco, una voz que llora una saeta desgarrada ofrecida al Señor. Se me saltan las lágrimas. Lloro de alegría porque mi Cristo ya está en su barrio, en su Abadía, con su gente. Se hace más intensa la madrugada cuando cientos de gitanos reciben al Cristo y a Nuestra Señora María Santísima del Sacromonte entre bailes, palmas y hogueras para calentar al Cristo en la noche y para aliviar el dolor de su Madre, mi Virgen, la Reina Gitana del Cielo. Y, ahora, sí me rompe la emoción. Lloro mucho. Tanto como lo harán ustedes, amigos, el día que se vengan en procesión conmigo.
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