Después de que la peña haya pasado años frustrada hurgando, dedo en ristre y con todo tipo de herramientas punzantes incluído el pene, el papacheco* de los chicas, ahora, nos dicen que no existe el Punto G.
Dios mío, ¡cuánto dolor, cuánta vergüenza y cuánto reproche hubiéramos podido evitarnos los desmañados! Cuánto tiempo perdido mientras, como torpes fontaneros sexuales, manoseábamos afanosos aquellas delicadas cavidades.
"Joder tío, ¡para ya! No tienes ni puta idea, ¡que mal lo haces, coño! Si yo me lo estoy tocando... Es que no valéis para nada, cojones". Y resultó mentira.
Lo mismo debieron sentir Francisco de Orellana y Gonzalo Pizarro cuando comprendieron que los nativos les habían vacilado durante la espantosa expedición en busca de la ciudad perdidad de El Dorado. Una estafa.
*Llámase papacheco en Barbate, Cádiz, al chumino, debido a la reiteración con que, señalando el kiki de las jovencitas, afirmaba un lugareño de apellido Pacheco: "Este, pa'Pacheco"

