Ayer Dª Amalia pasó de la copla al teatro y recordó las tronchantes representaciones familiares. A mi mamá le disgustaban porque en Granada mangoneaban mis tías y mi abuela que aprendieron teatro en la Sección Femenina. D. José, mi abuelo, dirigía tronante las funciones veraniegas, una casera y otra en el jardín de unos amigos. Yo sólo participé con papelito, eso sí, en los ensayos generales. La costumbre comenzó sobre los años cuarenta y la “compañía” de mi familia granaína ya estaba muy rodada para cuando aparecí yo por allí. Por eso, me dejaban participar pero, aunque me aprendí entera “La Venganza de Don Mendo” nunca pude alcanzar el estrellato. Recuerden que entonces no había Internet, ni Televisión, ni Play... ni pollas, como dicen en Granada.
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lunes, 3 de marzo de 2014
Funciones Caseras de Teatro
Ayer Dª Amalia pasó de la copla al teatro y recordó las tronchantes representaciones familiares. A mi mamá le disgustaban porque en Granada mangoneaban mis tías y mi abuela que aprendieron teatro en la Sección Femenina. D. José, mi abuelo, dirigía tronante las funciones veraniegas, una casera y otra en el jardín de unos amigos. Yo sólo participé con papelito, eso sí, en los ensayos generales. La costumbre comenzó sobre los años cuarenta y la “compañía” de mi familia granaína ya estaba muy rodada para cuando aparecí yo por allí. Por eso, me dejaban participar pero, aunque me aprendí entera “La Venganza de Don Mendo” nunca pude alcanzar el estrellato. Recuerden que entonces no había Internet, ni Televisión, ni Play... ni pollas, como dicen en Granada.
martes, 17 de julio de 2012
Alfredo Francés Achútegui, Capitán de la Marina Mercante
Ayer, D. José María Aldea Romero como D. Santiago González, otro alumno suyo, se acordó cariñosamente de mi abuelo. Dª Amalia, se emocionó. Bonito que lo recuerden los de la Escuela de Naútica. Marino en la mar, y en tierra, empresario. La Valmasedana, el hotel de Pobeña, el de Santoña, el hostal de Neguri. Alto y delgado, elegante y, siempre, un Master.
jueves, 21 de enero de 2010
Parados urbanos, se alimentan de Cáritas y de sus huertos balconeros
El día que toca reparto en Cáritas muchas mamás con gorra de béisbol, gafas de sol caladas y comiéndose la vergüenza, acuden a recoger la bolsa con alimentos básicos. Todavía mantienen la casa pero no tienen ingresos ni prestación de desempleo. Se las distingue enseguida. Son primerizas en la beneficencia.
Creían eterno el dinero del paro, no pudieron evitar la acumulación de facturas, se confiaron con las tarjetas de crédito para comuniones principescas y endeudaron los hogares pagando vacaciones caribeñas. Son parejas jóvenes que nunca tuvieron dificultades para cubrir sus necesidades. Ahora no pueden afrontar los gastos de la hipoteca, los créditos de coches y plasmas, el teléfono o la luz.
Arroz, macarrones, azúcar, harina, tomate, leche, galletas, patatas, aceite, son los activos en cuenta corriente de los Bancos de Alimentos proporcionados por donaciones de particulares y empresas. Pero esta dieta hay que completarla. Y surge la idea.
Los viejitos del parque. Preferiblemente, los de boina o gorrilla calada y caliqueño en la comisura de los labios. Abuelos que desgranan la mañana aburridos, que hoy son un pozo de sabiduría y que trocan su experiencia campesina por distracción, algo de conversación y un café con leche.
Fíjese y verá como los jubilados son asediados por amas de casa que, tras lisonjearlos hasta la naúsea, se llevan los viejitos a terrazas y balcones donde les espera un futuro de modernos esclavos. Así, cultivando huertos domésticos, lechugas, tomates, pimientos, cebollas, ajos, berenjenas, acelgas y espinacas, ayudan a complementar la dieta de los parados urbanitas.
Pero, los viejitos han espabilado. Y algunos emigrantes también. Ya no se les paga con el café y la charleta. Hoy mantienen varios huertos y exigen un tercio de la cosecha. Para consumir o vender. Porque lo que al principio eran cuatro macetas, agua y sabiduría, ahora, gracias a las terrazas de los áticos hiperhipotecados, se ha convertido en enormes plantaciones.
Incluso, hay quienes tienen sus gallinitas ponedoras y, al final, un pocotón de huevos. Unos ancianos renacidos y un trabajo pagado en especies. Y ahora, las raras veces que duermo en Madrid, el canto del gallo rompe la noche de cemento en las alboradas ciudadanas. Asombrándome.
Creían eterno el dinero del paro, no pudieron evitar la acumulación de facturas, se confiaron con las tarjetas de crédito para comuniones principescas y endeudaron los hogares pagando vacaciones caribeñas. Son parejas jóvenes que nunca tuvieron dificultades para cubrir sus necesidades. Ahora no pueden afrontar los gastos de la hipoteca, los créditos de coches y plasmas, el teléfono o la luz.
Arroz, macarrones, azúcar, harina, tomate, leche, galletas, patatas, aceite, son los activos en cuenta corriente de los Bancos de Alimentos proporcionados por donaciones de particulares y empresas. Pero esta dieta hay que completarla. Y surge la idea.
Los viejitos del parque. Preferiblemente, los de boina o gorrilla calada y caliqueño en la comisura de los labios. Abuelos que desgranan la mañana aburridos, que hoy son un pozo de sabiduría y que trocan su experiencia campesina por distracción, algo de conversación y un café con leche.
Fíjese y verá como los jubilados son asediados por amas de casa que, tras lisonjearlos hasta la naúsea, se llevan los viejitos a terrazas y balcones donde les espera un futuro de modernos esclavos. Así, cultivando huertos domésticos, lechugas, tomates, pimientos, cebollas, ajos, berenjenas, acelgas y espinacas, ayudan a complementar la dieta de los parados urbanitas.
Pero, los viejitos han espabilado. Y algunos emigrantes también. Ya no se les paga con el café y la charleta. Hoy mantienen varios huertos y exigen un tercio de la cosecha. Para consumir o vender. Porque lo que al principio eran cuatro macetas, agua y sabiduría, ahora, gracias a las terrazas de los áticos hiperhipotecados, se ha convertido en enormes plantaciones.
Incluso, hay quienes tienen sus gallinitas ponedoras y, al final, un pocotón de huevos. Unos ancianos renacidos y un trabajo pagado en especies. Y ahora, las raras veces que duermo en Madrid, el canto del gallo rompe la noche de cemento en las alboradas ciudadanas. Asombrándome.
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