Ayer, cobré mi primera paga de jubilado. Comencé a trabajar con una edad que hoy sería delito. Luego, muchos años de duro afán y algunas satisfacciones, un periódico potente, un Premio Nacional de Periodismo y unos pocos pero buenos amigos.


Con la llegada de mi primera paga y la petición de mi tarjeta sanitaria de jubileta he descendido a la sima de la melancolía. Viendo la situación de España, lo digan como lo digan, o lo callen, o mientan para no aterrorizar a los viejitos, estamos jodidos.

Y mientras parados, funcionarios y pensionistas sacan fuerzas de flaqueza para enfrentarse a lo peor, los honorabilísimos papás de la Patria, los sindicalistas avariciosos, el gobierno en coma y la oposición apostada al aguardo siguen enfrascados en ese lamentable
y tú más, plagado de insultos, reproches, falta de ideas, basado en el
quitate tú que me pongo yo.

Entre tanto Europa decide si ayudarnos o darnos por el culo, la gente deja las ciudades y emigra a zonas más baratas intentando rentabilizar su congelada pensión, se busca la vida entre humeantes pucheros de curas y monjas caritativos y, aguantando el pánico, lucha a mordiscos ayudando a sobrevivir a hijos y nietos. ¡Qué mala suerte hemos tenido!
Dª Mercedes
Dª Mercedes, escritora amiga, hablando de Dios y la fe, me reconocía el otro día que estoy jodido, que me mata el no creer. Es cierto que envidio a quienes, en medio de este huracán, se detienen a mirar al cielo y, con la confianza del amigo, hacen un gesto de resignación, y rezan,
"Por favor, colega, déjame respirar un tiempito".
Yo no soy tan confianzudo. Me da vergüenza pedir ayuda arriba cuando no acabo de creérmelo del todo. Voltaire, con sus versos, viene en mi socorro.
Le monde m'embarrasse
Et je ne puis songer
Que cette horloge marche
Et n'ait pas d'horloger¿Seré Deísta? En mi novela "El Secreto del Emperador", escribí,
durante el sacco Dios no era en Roma. Hoy tampoco mira a España. Estamos pero que muy jodidos.