ELDEBATE por D. J. M. AguilarNacionalismo por Dª Laura UVEEl nacionalismo nació con las revoluciones burguesas, su origen está en la idea de que el poder procede de la nación (y no de la dinastía reinante) de la Revolución Francesa. El sentimiento patriótico se manifestó también en el llamamiento a defender la patria de la Asamblea Legislativa cuando fue atacada por Austria y Prusia en abril de 1792.

En la primera mitad del siglo XIX el Romanticismo aportó su granito de arena para reforzar el sentimiento nacional y la burguesía la necesidad económica y la base social. Hasta mediados del XIX solo hubo un nacionalismo, el liberal (la nación era el resultado del consenso de la voluntad de los ciudadanos que se podía expresar en referéndum). A partir de la Revolución de 1848 apareció un nacionalismo, también burgués, pero más conservador, ya no hablaba de voluntad consensuada sino de esencia, de alma, de espíritu nacional, manifestado a través de una lengua, una cultura, una historia común (algunos empezaron a hablar de una raza común). Este nacionalismo conservador no precisaba del liberalismo, era compatible con cualquier sistema político.

El siglo XX mantendrá las dos vías de nacionalismo, predominando y contaminando la conservadora a la liberal y asumiendo el nacionalismo un planteamiento cada vez más esencialista preñado de mucho sentimiento y poco raciocinio. Además de ser movimientos burgueses han pasado a influir en sectores populares y en ideologías llamadas de izquierdas.
En realidad, en mi caso, casi sería más correcto que en este escrito hablara de anacional, pero me gusta más lo que implica el agnosticismo, dada la noción de lo absoluto con que se suele adornar el nacionalismo.

Observo asombrada como la gente a mi alrededor muestra entusiasmo nacional alistándose detrás de toros, burros, escudos, banderas, desfiles, selecciones, etc. Durante un tiempo, ya lejano, pensé que yo también debía encuadrarme en algo para ser alguien, pero no lo logré, quizás por aquello del agnosticismo. Así que como no quiero hacer perder el tiempo a nadie con mi incapacidad para el sentimiento nacional, diré que no me siento aragonesa (donde nací), ni catalana (donde vivo), ni española (país al que pertenezco por nacimiento).

Sin embargo sí me siento cómoda en la tradición librepensadora, racionalista y crítica que hace más de cien años levantaron anarquistas, republicanos, masones, feministas y espiritistas, nacidos aquí y allá, pero que tenían muy claro que los sentimientos religiosos, nacionales o similares (los de lo absoluto, vamos) siempre estaban al servicio de los poderosos y suponían una buena manera para manipular y distraernos de lo importante.

Como ha señalado, Mario Vargas Llosa, en su discurso ante la Academia sueca, y como dije en una entrada reciente de D. García Francés, que ha motivado este texto mío, me siento “ciudadana del mundo” y comparto humildemente con el Nobel la siguiente afirmación:

“Detesto toda forma de nacionalismo, ideología –o, más bien, religión– provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia, (...)”.

Desde esta posición de crítica a todo los nacionalismos, vivo y trabajo en Cataluña y podemos debatir el resultado de las pasadas elecciones y de la derrota estrepitosa del tripartito que gobernaba esta comunidad.